El suelo es uno de los recursos que la
naturaleza pone a nuestra disposición para subvenir a nuestras necesidades.
Del suelo obtenemos todos los productos de
origen vegetal, algunos pueden directamente servirnos de alimento y otros
permiten la alimentación de los animales, de los que no solo obtenemos
nutrientes sino otra serie de productos como vestido, calzado y diversos
enseres que facilitan nuestra vida.
Los vegetales no solo son el punto de partida
de la cadena trófica sino que nos proporcionan fibras textiles, madera, resinas
y un sin fin de productos de utilidad inmediata o diferida tras su
transformación.
Los bosques y las masas herbáceas permiten
mantener el equilibrio gaseoso de la atmósfera y los primeros contribuyen a
regular el ciclo del agua en la naturaleza, favoreciendo la condensación de la
humedad atmosférica y provocando la lluvia.
Todo lo que antecede no sería posible sin la
existencia del suelo, que está limitado en su superficie y de la cual una
parte, cada vez mayor, la hemos de dedicar a construir nuestras viviendas, las
infraestructuras de transporte, las industrias e incluso a almacenar nuestros
desechos. De ello podemos inferir que sin él no sería posible la vida sobre la
tierra, al menos en la forma que la conocemos.
El suelo no es un cuerpo estático sino que
mantiene un equilibrio dinámico con el medio que lo rodea. De modo que continuamente se está formando y
destruyendo. Su destrucción está provocada por los fenómenos erosivos cuya
intensidad natural es similar a la de su formación, una vez alcanzado el
equilibrio y alcanzado el espesor máximo que corresponde a su situación
natural. Desde este punto de vista, el suelo es un recurso natural renovable,
mas la realidad es desgraciadamente diferente y en la actualidad se ha
convertido en un recurso no renovable por la forma en que hemos incrementado la
velocidad de destrucción mientras que la de formación permanece invariable.
La erosión natural del suelo no solo es un
fenómeno consustancial con el mismo sino que es absolutamente necesario. Una
vez que el suelo ha alcanzado un grado de desarrollo equilibrado con su medio
se detiene la profundización del mismo, pues se detiene o atenúa muy
fuertemente la alteración del material original al no existir la influencia de
la materia orgánica que no alcanza esa profundidad. La vegetación que vive
sobre el suelo necesita obtener de él una serie de elementos minerales,
procedentes de la alteración del material original, que le son absolutamente
imprescindibles. De este modo, cuando los minerales primarios se encuentran
absolutamente alterados cesa el aporte de elementos nutritivos, lo que obliga a
que la vegetación se vaya empobreciendo lentamente y disminuyendo el aporte de
sus restos al suelo. El final sería una masa de material esteril incapaz de
soportar ningún tipo de vida.
También la erosión natural del suelo permite
el ensanchamiento de los valles generando amplias zonas llanas, pues la
profundización y erosión superficial va desplazando la superficie en sentido
perpendicular a la misma.
Con estos ejemplos pretendemos destacar que el
problema no es la erosión sino el incremento en su velocidad, que provocamos
con nuestra acción sobre el medio. Somos, pues, nosotros los que impedimos la
renovabilidad del recurso suelo.
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